El postiguillo no era una puerta.
Eso lo sabían bien los viejos de la ciudad.
Una puerta invita; el postiguillo, en cambio, tienta. Por
eso Payport eligió ese lugar.
Nadie recuerda cuándo se abrió el postiguillo por primera
vez, pero todos saben cuándo empezó a cerrarse de verdad. Aquello sucedió en la
noche en que murió Payport.
Hasta entonces, aquel hueco en la muralla era apenas una
rendija humilde, un paso sin nombre por donde se escurrían los que no querían
ser vistos cuando entraban o salían de la ciudad. Pastores rezagados, criados
con encargos furtivos, amantes que regresaban antes del alba. El río, allá
abajo, no decía nada. Se limitaba a respirar en la hondura, como si escuchara.
Payport llegó a la ciudad una tarde de invierno, con el peso
de una culpa que no figuraba en los registros, y con un secreto que no cabía en
las iglesias. Traía acento extranjero, y una bolsa demasiado llena para un
tiempo de escasez. Tenía dinero, sí, pero sobre todo tenía pasado, y el pasado
siempre busca las salidas pequeñas; nunca las grandes puertas. Por eso, no
preguntó por iglesias grandes ni por mesones conocidos, sino por caminos
pequeños, por salidas discretas, por puertas que no figuraban en los mapas. Eso
bastó para que empezaran los rumores.
La noche en la que bajó hacia el postiguillo la ciudad
dormía, protegida por sus muros, convencida de que la piedra bastaba para
mantener el mal a raya. Pero el mal, como el agua, siempre encuentra las
grietas por las que escapar. El postiguillo era una de ellas: el lugar donde la
ciudad se olvidaba de sí misma. Dicen que cenó solo. Que habló poco. Que al
caer la noche pidió que le indicaran el postigo que daba a la hoz. El muchacho
que lo acompañó juró después que Payport no parecía asustado, sino cansado. Allí se detuvo Payport. No miró hacia atrás. Sabía que cruzar aquel umbral
no significaba huir, sino aceptar. Porque el postiguillo no separaba dos
espacios: separaba dos destinos. Dentro, la ley, el nombre, la memoria. Fuera,
la hoz, el silencio, la disolución.
Pero en las rendijas del poder y del miedo nunca se está
solo. La luna apenas iluminaba las piedras cuando os otros llegaron. El viento
subía desde el fondo del barranco con un olor húmedo, antiguo. Payport se
detuvo ante la abertura del muro y pasó la mano por la piedra, como si
reconociera algo en ella. Sonrió, incluso.
Fue entonces cuando oyó los pasos, pero aquello no le
sorprendió demasiado. No gritó. No corrió. Quizá los conocía. Quizá los
esperaba.
No fue un acto de furia, sino de orden: la ciudad expulsando
lo que no puede asumir: quien ya ha tomado una decisión y solo desea cumplirla.
Lo que ocurrió después nadie lo vio con claridad. Solo se
oyeron voces bajas, una súplica breve, el golpe seco de un cuerpo contra la
roca. El cuerpo cayó, pero lo que realmente se precipitó fue la historia. Y la
hoz recibió aquella historia sin testigos, como recibe todo lo que la ciudad no
quiere recordar. Luego, el silencio. Mientras tanto, el río ssguía respirando.
Al amanecer, el postiguillo estaba cerrado. Nadie supo quién
dio la orden ni quién la obedeció. Oficialmente, por seguridad, por prudencia,
por evitar más desgracias. En realidad, por vergüenza; porque mantenerlo
abierto era admitir que ninguna muralla es completa, que siempre hay un lugar
por donde la culpa entra o sale.
Desde entonces, cuando la noche cae espesa, y la hoz
devuelve ecos que no son del agua, algunos aseguran ver una sombra apoyada en
la muralla. No pide ayuda. No amenaza. Solo espera. Como si aguardara que
alguien vuelva a abrir lo que nunca debió cerrarse del todo.
Y los viejos, que siempre saben más, bajan la voz al pasar
cerca de allí, y se persignan sin mirar al postigo de la muralla.
Y el postiguillo, fiel a su culpa, permanece sellado, no
para impedir el paso de los vivos, sino para que los muertos no regresen nunca
para reclamar su historia.
Y quienes conocen la historia saben que no hay piedra
suficiente para cerrar del todo un postiguillo.
Porque no es un lugar.
Es una idea:
la frontera inevitable entre lo que somos capaces de vivir…
…y lo que preferimos arrojar al fondo de la historia.
