Había una vez, en un país lejano, un rey muy poderoso. Polícrates era el nombre de aquel rey afortunado, y Samos el del país en donde éste gobernaba. Samos era una gran nación cuyos habitantes eran felices, muy felices; porque la felicidad del propio Polícrates se veía reflejada en la personalidad de todos sus vasallos. Samos era una isla, y el mar que le rodeaba en todo su perímetro propiciaba un clima suave y templado. Nadie en aquel país sabía lo que eran la tristeza y el dolor. La felicidad del monarca era compartida por todo su pueblo, y también, por supuesto, por su bella esposa. La reina era famosa en todas las tierras cercanas por su incomparable hermosura. Sus cabellos largos, rubios, habían sido admirados por muchos príncipes antes de su casamiento. Muchos jóvenes herederos habían intentado compartir con ella sus reinos respectivos, pero sólo Polícrates había logrado el honor que tantos otros deseaban.
Pero la cualidad más
importante de aquella reina hermosa no era su belleza, sino su inteligencia.
Respetuosa de los dioses, sabía que la vida estaba compuesta de momentos
alegres y de otros momentos más tristes. Sabía que la felicidad completa no
existía. Tenía miedo de que los dioses quisieran un día u otro equilibrar en la
vida de su esposo esos dos contrarios. Así se lo dijo a él un día:
-
Deberías ofrecer a los dioses algún tributo importante, para acallar sus voces
de protesta.
- Tienes razón, pero no
sé qué objeto podría ofrecerles. Ellos son todavía mucho más poderosos que yo.
Todo lo que desean lo consiguen, sin que los seres humanos podamos hacer nada
para evitarlo.
- No se trata de eso. Se
trata simplemente de que te asegures la felicidad eterna a cambio de un pequeño
sacrificio. Ofrece a los dioses el anillo que te regaló tu padre.
-
¿El de la esmeralda? Es demasiado valioso para perderlo.
- Los sacrificios sólo te
deparan beneficios, sólo son buenos, si sacrificas algo que de verdad te
interesa; en caso contrario no sirven para nada. Puedes elegir entre la falsa
felicidad que un objeto precioso y material puede proporcionarte, O el amor de
los dioses.
Polícrates
apenas quedó convencido de las palabras de su esposa. Sin embargo, al día
siguiente marchó con su séquito a una de las costas de Samos, la que se
encontraba más lejos del palacio real, y desde allí arrojó al mar aquel anillo
de oro. La esmeralda que adornaba su centro siguió brillando en el aire
mientras caía al agua, hasta que su vivo fulgor terminó por hundirse en las
profundidades marinas.
Pasaron algunos meses
desde entonces, y el palacio de Polícrates había sido preparado para una gran
fiesta que se iba a dar en honor del cumpleaños del rey. Los mejores platos
estaban siendo preparados en la cocina para que fueran degustados por los invitados,
pertenecientes todos ellos a la más alta aristocracia de Samos. Solamente el
pescado, capturado recientemente en el litoral próximo, faltaba por ser
trinchado y colocado sobre las mesas. En el interior de uno de aquellos
soberbios atunes pareció brillar un objeto extraño cuando fue abierto por el
cuchillo del cocinero. Cuando terminó de ser partido apareció allí dentro,
junto a las espinas del animal, un enorme sello de oro que estaba adornado con
una esmeralda, el mismo anillo que algunos meses antes el rey había arrojado
con sus propias manos desde el borde del acantilado. Cuando Polícrates vio el
anillo dio un fuerte grito que pudo escucharse por todos los rincones del
palacio. El rey estaba aterrorizado. Aquella visión había desequilibrado por
primera vez algunos de sus pensamientos, y mandó que la fiesta fuera
suspendida.
- ¿Qué es lo que ha
podido ocurrir? Yo arrojé aquel anillo al mar, todos me visteis; todos fuisteis
testigos de cómo descendía hasta posarse sobre la arena del fondo.
- Ese atún debió haberlo
visto allí, brillando gracias a la luz que se filtraba a través de la
superficie. Debió pensar que era un pez extraño y sabroso, y decidió comérselo.
-
¿Qué pensáis vosotros que puede significar eso?
Su mujer, más inteligente
que muchos de los sabios de la corte de Polícrates, pensó durante apenas unos
pocos minutos, y al memento contestó al rey, apesadumbrada.
- Los dioses han
rechazado tu sacrificio. Lo hiciste tarde y a regañadientes. Un sacrificio así,
como el ofrecido por ti, no les gusta a los dioses. Prepárate para sufrir todas
las penalidades que a partir de ahora comenzarán a enviarte.
Desde el día infausto en
el que apareció el anillo en el cuerpo del atún todo comenzó a ir mal para el
ahora desafortunado Polícrates. Su esposa murió a los pocos meses, adoleciendo
de una enfermedad incurable que poco a poco fue devorando su carne, antes
hermosa. Un ejército muy numeroso de un país vecino invadió las tierras de
Samos, y después de una guerra cruel, en la que perdieron su vida muchos
hombres valientes, la isla fue conquistada para siempre. Polícrates tuvo que
abandonar su patria quemada y arrasada por los enemigos, y emigró a otras
tierras frías y difíciles. Allí murió, después de haber vivido varios años de
doloroso cautiverio.
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